—En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse. Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus partidarios en plena libertad en esta cuestión.

—¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo nuestro!

—Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza, por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras cosas...

—Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta hombres como usted.

No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:

—¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se mostrara favorable á su elección.

¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz de ponerse en mi camino.

—Iré esta misma semana—dije.—Cuente conmigo, padre.

—¡Dios te lo pagará!

Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba—pronto reprimida,—una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad: