—Estás muy enterado.

—Te diré. Cuando vine á Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto aspecto. Necesitando dinero, me presentaron á Radnitz que me prestó quinientos pesos, obligándome á tomar dos acciones de cien pesos de su banco, y á firmar una letra de setecientos.

—¿Sin garantía?

—¡¡Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.

—¿Los tenías?

—No. Era para renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los setecientos pesos, yo resultaría «depositario infiel» é iría á la cárcel por abuso de confianza...

—¿De modo que se puede contar con él?

—En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.

—No. ¡Eso me parece bajo!—exclamé.

Pero aquella misma tarde encontré á Radnitz en una de sus exposiciones de pinturas y le dije que «había Bancos, etc.», que bastaría una denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego hablé de los cuadros, que él exponía, después de haberlos comprado en Europa con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debería comprar dos ó tres. Y al despedirnos lamenté que Vázquez no fuera á ser nombrado ministro, «porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus fuerzas, y que aprovechará—con mucha razón,—cualquier pretexto para desmonetizarlo.»