Radnitz no dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente. Al otro día le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy elegante. Después de algunas maniobras, se me acercó.

—He venido á ver á... Es muy amigo del ministro de Instrucción y deseaba saber si comprarán dos cuadros de la Exposición de la calle de Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como yo también los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor como el Gobierno...

—Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán. Me lo han dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin, allá usted...

Hizo como que se iba, y agregó, en tono confidencial:

—He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece una exageración. Ó será uno de esos pequeños prestamistas de tres al cuarto...

—¡Sin duda!...

—¡Á propósito! ¿Sabe el escándalo? Á Pedro Vázquez acaban de demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de confianza. Parece que, en circunstancias difíciles, ha hecho cosas que... que no estaban bien...

No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es un hombre infecto. Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y sobraba. Además, se le pagarían sus créditos.

Llegué tarde á casa á la hora de comer. Cuando tomaba el café, con Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron á Vázquez.

—Vienes á tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en seguida—le dije rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.