Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.
—¿Tienes dinero disponible?—me dijo, tomando el café á grandes sorbos.—Me encuentro en una circunstancia embarazosa.
—Algún dinero tengo. ¿Cuánto necesitas?
—Veinte mil pesos.
Di un salto en la silla. Después me tranquilicé.
—Tanto no—dije.—Apenas ochocientos ó mil. Pero, dentro de ocho días ó quince...
—Ahora mismo.
—Es una fatalidad.
—Recuerda que yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando te presté igual suma...
—Que todavía no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! siempre están á tu disposición. Sólo que en este momento...