Eulalia se levantó y nos dejó solos.
—¿De veras? ¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor más grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado á los Tribunales, para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado quince días! ¡Es una maldición!
—Veré á mis amigos en el Club.
—¡Sí, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido á tratar de impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se prolonga, estoy reventado para toda la siega...
Salimos juntos.
—Es fácil. Voy á buscar el dinero.
—¿Te veré esta noche? ¿Dónde?
—Á las dos, en el Círculo. Ó, mejor, mañana, temprano, en casa... Veinte mil... No te aflijas... No es una montaña.
Se fué consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, á la una del día siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.
—Vázquez ha venido ya tres veces—me dijo.