—Como si no hubiera venido.

—¿Por qué?

—Porque no he podido conseguirle el dinero.

—Pero yo sí.

—¿Cómo? ¿Los veinte mil?

—Aquí están. Papá me los ha prestado.

—Es decir que has ido...

—¡Te veía tan perplejo!...

—¡Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los veinte billetes de mil, y ordené que hicieran pasar á Vázquez á mi despacho, en cuanto volviera á presentarse.

Entró.