Doña Carolina me volvió á mirar un rato, sin abrir la boca, como para verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé, pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo á las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que á doña Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:

—¡Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene laya de ser mala persona, al contrario!... Pero, ¡qué ha de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos ó tres pesos diarios, cuando menos!

Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para no morirme de hambre desde que principié á andar en la mala y perdí lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir; que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento de los que no se empardan; y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un poco...

En esto, entraron unos carreros á tomar la copa y yo me salí para el patio.

Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me chistó:

—Bueno—me dijo,—si quiere, quédese aquí unos días para probar...

—¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la vida!—dije entusiasmado.

—¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape.

Ahí no más cepillé un gato de puro contento.