—No; no soy del Pago, pero voy á ser—le dije.
—¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta.
—Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la patrona.
—¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita, dende que murió el finao, aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués de haber tirao en yunta... Solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a noria.
Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta. Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín:
—¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.
—Se mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que no ve lo maceta que mi han puesto los años... ¡Y cómo será cuando tuavía no gastábamos más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda, y yo era viejón y duro de coyunturas!... No friegue pues, mocito.
Yo me eché á reir. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió con los cuentos de la patrona.
—Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda como pan que no se vende. ¡Á esa moza—porqu'es moza tuavía,—le falta algo, está claro! Y la verdá que anqu'es trabajadora y se levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola, pobrecita...