Chupó tranquilamente el mate, y después siguió:

—Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y comiditas... Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... Á mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...

—Me alegro de tener una patrona así,—le dije—de ese modo me voy á quedar aquí toda la vida.

Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de carnero:

—¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compañía... Oigalé á este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui acabe de asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué charrusco! También ya no sirvo p'a otra cosa.

Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo, pensando en lo que me había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal á nadie, y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido, una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...

—Á naides ha querido conchabar de todos los que han venido á ofrecerse,—dijo ño Cipriano.—Y si lo ha tomau á usté, es porque ya tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo!

Le iba á contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la ramada:

—¡Eh! ¡joven, eh! Venga aquí, haga el favor.