Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de costumbre, y me puse á arreglar las botellas, que en su mayor parte eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta nueva, y principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos y rayas y borrones. Escribí que era un primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto de que me le fuera á ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el pucho:

—¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar coñac, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el biter, el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba buena con la mala sin que se conozca—podemos hacer aquí todas esas cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la platita al licorero falsificador de Pago Chico.

Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió en seguida.

—¡Eso es tan difícil! ¡se necesitan tantas cosas!

—No crea, señora, con poco se hace.

—No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo!

Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el hombro, para volver á ver la primorosa libreta.

Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fué mejor todavía que la cena de la noche antes, porque, además de puchero, hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La patrona echaba el resto ó poco menos.

Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con los marchantes, las jugadas al mus, al truco y á la taba, las payadas y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo maceta.