Yo me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima, y era mejor pasar por corto de genio... Ella fué la que habló primero, mientras estaba sirviendo el postre:

—Cuentemé algo de lo suyo,... de su vida—me dijo.—Ya sabe que me gusta mucho oirlo hablar.

—¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras penas no más... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis recuerdos...

—Bueno,—contestó, medio afligida.—No quiero que se vuelva á entristecer.—Y entusiasmándose, siguió:—Ya no ha de pasar más penurias, porque no va á estar toda la vida conmigo como un dependiente... Usté es trabajador, aunque le gusta divertirse á veces... Lo voy á hacer entrar como socio: ya sabe que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco treinta ó treinta y cinco pesos del cajón, y hay, también, que contar los fiados y las libretas!... Pero, si usté mismo hace las bebidas, que son lo más caro, tenemos que ganar mucho más.

—¡Así es, señora!—le dije con los ojos como patacón.

—Digamé entonces lo que necesita,—siguió ella,—y yo le daré la plata, para que se vaya á Chivilcoy, ó al mismo Buenos Aires, si es mejor, y se traiga todo...

—¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡y créame, que no favorece á un desagradecido!

É hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda celeste,—¡ah criollo!—que ella me había regalado en los primeros días y que tenía limpito y muy planchado. Después seguí: