Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse á hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís, coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé todo el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso) le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola alcancé á hacer más de dos, como se lo había prometido á mi gringa. Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos azul, ginebra amarilla como de oro, biter de naranjas, verde y colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros sabían llevarle á la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.
La cosa resultó magnífica, y á los marchantes les gustaban más algunas bebidas hechas por mí, que las legítimas—puede ser que porque eran más fuertes.—Y decían al pedirlas:
—¡Eh, mozo! una caña... de la que toma el patrón, ¡eh!
Carolina estaba muerta de contenta y un día me dijo:
—Usté tiene unas manos de ángel (decía anquel) y estamos ganando mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un joven (coven) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo prometer que... que vamos á ser felices en todo sentido...
Yo no había vuelto á hablarle del asunto serio, pero en todo aquel tiempo, la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de caer, mi vida!» seguro de que no se me iba á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le salí con esta agachada:
—¿Qué quiere decirme, señora, con felices en todo sentido?
La gringa se desentendió, contestándome colorada:
—Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...