Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba con los huesos de punta y con todo aprontado para el viaje...
Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me dijo muy serio:
—Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'á dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va, ya están de güelta. ¡No se me descuide, y se me quede di á pie cuando ya está estribando!
Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una vez cada uno, á lo resero. Después me levanté para irme.
—Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.
—Que le vaya bien y hasta la güelta mozo: no se tarde, que el güay lerdo... ya sabe...
Me fuí á despedir de la gringa que me dió tres ó cuatro sacudones de manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el tren...
En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista» y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví á Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como le sabían decir á la casa de negocio.
No se me da la gana decirles, cómo me recibió doña Carolina, pero les aseguro que no fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí no llegaba la broma todavía...