Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los ojos medio llorosos.
—¡Bueno, bueno!—siguió.—Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente, mañana mismo se va á Pago Chico, á comprar todo lo que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones...
Y como para ensartarme más de lo que estaba, me dijo que el negocio no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí cerca, arrendado á unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires, en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después.
—¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina!—le dije contentísimo.—¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, á hacer las compras, á ver al cura, á buscar los padrinos y mandarme hacer una ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso.
Se rió muy contenta y me dió la mano.
Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité: