—¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á ser!...

Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban á dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea macanuda!

—Mirá, hijita—le dije sobre el pucho:—como vos sos viuda y yo soy un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, afuera de lo que vos me das,—será mejor que tratemos de no dar que hablar á las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta bastante somos los dos...

—¿Y de ahí?—me preguntó medio alarmada.

—¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja, podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...

—¡Hacé lo que querás!—me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta que cuzco recién desatado.—Con tal de que nos case el cura, y nos eche la bendición adelante de los padrinos, á mí no me importa nada. ¡Hacé lo que querás!...

VIII

¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles lo del cura, que es realmente divertido, como que á mí mismo me dejó pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.

Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo y pensaba irse pronto á su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos, y haga como el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá p'a ella». Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla, un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!...