El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, con unas manos peludas y como patas de carancho, ¡pero más gruesas, natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba sin afeitar de muchos días, así es que parecía—y era—¡un sucio! Yo no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca; pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la barba?...

Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar y á bautizar, iba en un bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en la misma iglesia y á la hora de la misa, ó cuando había rosario, novenas, ó qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!... Era cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni el italiano sabía bien. Cuando fuí á hablar con él, estaba en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.

—¿Qué vulite?—me preguntó.

—Yo, señor cura... venía... venía porque me voy á casar...

—¡Va bene! ¡va bene! Songo diechi nachonale... ¿É un qui se ne casa?... Bisoña pagá andichipate pei publicazione... amonestazione... ¿Á mushash é de cá?... ¡Eh!... ¡vedite!... ¡diechi nachonale é poca roba!

—¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la ¿cómo se dice? ¡ah! ¡sí! la despensa de las amonestaciones...

—¡Allora so tranta!

—Y que nos casara en casa de la novia...

—Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.

—¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero, ¿y cuándo nos podrá casar?