—¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no decir nunca á nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago Chico y en América?

—¡Sí, juro!—contesté fuerte.

—¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra vez!... ¡Y si falta al juramento, los diablos lo perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!...

Puse la mano como él decía, y volví á jurar.

—¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más.

—Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no le parece?

—¡Benissimo! á la nove, ¿no?

—Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos?

—¡Eh! ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...