IX
Figúrense lo contento que me iría á comprar los muebles, aunque hubiesen mermado tanto los pesitos que me dió la gringa Carolina. Los gasté todos y todavía quedé debiendo á nombre de la gringa, para pagar á los dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos me la achacaban de querida á la gringa. ¡La gente es tan mala!...
¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda medio adivina que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo colorado en la cabeza.
Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba, unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban á los lados de la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío...
El cura, que fué en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la firmó él también, salió al patio conmigo, me dió el papel sin que nadie lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, gritando:
—¡Eh! ¡Que siano feliche!...