—¡Eh! ¡Que siano feliche!

No se quedó á comer como lo había invitado Carolina—y eso que era un gran tragaldabas,—seguramente porque en el Pago no se fuera á maliciar la cosa del casorio falluto.

Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas más...

Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una cenita de regular arriba,—y los cuatro,—yo, ella, ño Cipriano y la parda,—nos sentamos á comer y á chupar en grande. ¡No, si era chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento á leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... Á los postres ño Cipriano, para rematar la fiesta se le prendió á la caña de durazno y soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, ¡que tuvimos que llevarlo al galpón entre los tres!...

—¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!—decía la parda, trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca.

Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecirla á ella y á mí, y que ésa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido... ¡Miren la parda ladina!...

La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella noche,—y si no ¡jueguenlé risa no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!—le regaló efectivamente las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.

Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta.

—¿Y á quién l'he d'ecir?—me contestó,—si pronto vo á dirme del pago!...