Y era verdad, porque á los dos meses se fué.
Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás! ¡no faltó quien viniera á descomponer el baile! En esta vida no hay fiesta completa.
Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese alto. Al principio no nos fijamos, pero Carolina me preguntó de repente:
—¿Che, lo has visto al viejo?
—No, ¿y vos?—le contesté.
—Yo tampoco.
—Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.
—¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado algo!...
—Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos á ver.
Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos encontramos al viejo ño Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara color violeta, y frío, helado. Carolina, asustada, comenzó á darle fletaciones, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso á llorar como una Magdalena.