—Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo?—le pregunté.
—Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además...
—¿Además, qué?
—¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!...
—¡Bah! ¡no seas pava!—le dije, enojado.—¡Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa!
Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!
Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. Á la tarde se presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.
—¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡Maledetta sorte!