Y volvió á llorar á sollozos.

—¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto misia Carolina, que eso es de criaturas,—le dije en broma.—¡Para lo que va á sufrir ño Cipriano con que le anden adentro á estas horas! ¡Vaya! vamos á tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar estorbando á los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta, pero ahora vamos á ver si comemos, ¡y bien!

¿No les parece natural? ¡Natural!

Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar, comimos después de cerrar la pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día, principió la vidorria y la farra, después de enterrar á ño Cipriano que resultó bien muerto y sin culpa de nadie.

Los amigos—y ya tenía una punta—caían como moscas á La Polvadera y yo los obsequiaba lo mejor que podía.

Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.

En la taba y las riñas, el comisario—que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,—no se llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también.

Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar.

—¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!