Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un sin fin de peloteras, pero ¡qué había de poder conmigo, ni qué se iba á poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡Á cada zafarrancho, yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de reserva era el que pagaba el pato!

Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien el camino real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera, que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía á veces presentarse á cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo, ni peleas—decía.

¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión á un tiempo.

Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fué mi perdición...

Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas! culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara primero y ¡á pagar! Al truco ¡parecía cosa del diablo! los compañeros me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me resultaban juidos, tenían que clavar el pico á las primeras de cambio. «¡Pucha que había sido mulita, amigo!»—me sabían decir los camaradas. Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y buscaba el desquite como un toro furioso.

Y como de uvita á uvita se acaba un parral, los pesos volaban que era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo donde no me vieran. Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían de ganar ni por chiripa!

Carolina á todo esto, viendo que la platita se le iba como el agua de una tina sin arcos, comenzó á armarme camorra peor que nunca.

—¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi trabaco, canalla!—me decía medio rabiando, medio llorando.

Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.

—¡Dejáme en paz! ¡sos una gringa de porra! ¡No me incomodés que te puede costar muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero! ¿eh? ¿me has entendido?... ¡Si no te callás, te va á pesar!