¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...
Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde no la iba á encontrar yo, cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte ó hacer un truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y maldecía primero, y después se metía á llorar en un rincón.
—¡No es por la plata! ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!
—Dejá, hijita—le contestaba yo entonces, amansado por sus lloriqueos.—¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijás, sonsa! ¡si hemos de ser muy felices!
—¡Ah, Madona, Madona mía!—suspiraba la gringa.
... En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso.
Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que á la hora de las carreras cayese montándolo, á la pulpería. El peón se llevó el parejero.
—Hoy voy á correr con el zaino,—le dije á Carolina.
—Dejáte de esas cosas—me contestó.—¡Qué carreras, ni carreras! El juego es la perdición del cristiano.
—¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, lo van á tomar por un sotreta, ¡y ya verás la ponchada de pesos que nos ganamos!