—Prometéme, al menos,—dijo la gringa, aprovechándose al verme blandito;—prometéme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas á volver á jugar.

—¡Mirá, por éstas!—le contesté besando la cruz de los dedos...

X

¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.

Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.

Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta puñaladas y tajos si á mal no venía.

—¡Lindo su tordillo!—le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.—¡Lástima que se haya puesto tan gordo!

—¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...