¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.
—¡Bah!—le volví á decir para calentarlo más.—En cuanto principian á echar panza...
Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.
—¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,—siguió gritando:—¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?
Muchos se acercaron y nos rodearon.
—En ese estau del caballo,—le contesté sobre el pucho, medio riéndome,—yo le corro con cualquier maceta.
—¡Oiganlé! ¿Y con cuál?
—Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?
—¡Cómo no!—contestó el peón que lo había llevado.—¡Corra no más!
Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.