—Este mancarrón no es lo que parece,—me dijo.—¡Á mí con l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!
—¿Por los cien pesos?
—¡Y entonces!
—¡Depositemos!
—¿Depositemos? ¡Avise, compadre!—rezongó, revolviéndome los ojos.
Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!
El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos que sabían la cosa, de consiguiente.
El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos, y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...
Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.