Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dió una rabia!...
En cuanto me alcanzó—yo iba á juntarme con los otros frente á la pulpería, cabrestiando al zaino rengo,—no pude más y le grité:
—¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...
Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.
Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había que hacer la pata ancha...
Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...
—Á la larga no hay cotejo,—me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.
Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro! le arranca el cuchillo de la mano.
—¡Y ustedes lo decan, y ustedes lo decan!—les gritaba á los mirones.