Bueno, pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho y sacar boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba ningún aficionado.

—Esos ponchos no se usan por acá,—me decía uno.

—Ya tengo demasiados ponchos—me decía otro.

—No compro ropa usada,—me gritó furioso un tendero gallego que no tenía más que clavos del tiempo de ñaupa.

Por fin un bolichero me dió por él cuatro nacionales,—y digo nacionales porque ya habían cambiado la moneda corriente, tan linda y tan rendidora.

El boleto de segunda de Campana á Buenos Aires valía entonces alrededor de peso y medio ó dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco. Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va á dejar en la pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el cambalache del poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya ven, no tenía reloj, y aunque tuviera no me iba á ir sin boleto y sin plata.

Lo peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada en que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el saladero, que después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio, así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina!

Á la noche anduve ronciando la mesa de los reseros, que despuntaban el vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte—cinco pesos la caja... ¡Figúrense! yo no iba á pedir media caja, está claro... Me quedé con las ganas y me fuí á dormir.

Al otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de mi suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando acordé el tren iba pita que te pita, ¡á cinco cuadras!

No, no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero llevaba un frasco de ginebra marca Llave (que no es como la de ahora) y de vez en cuando me convidara á pegarle un beso... ¡Bueno, bueno! sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que no tenía, ¡qué iba á tener! ni sombra de los pobladores que tiene hoy. Volví bastante tristón á la pulpería de frente al tren, donde había estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas, un queso viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y media docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas...