Me puse á conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo convidé con una copa—porque todavía me quedaban unos centavos,—y cuando le hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las chacras de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era fácil que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme al sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos de escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito á la sombra,—pero la necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación Benavídez, me llevó para el Pilar, á recoger maíz.

¡Qué quieren! Á los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y trasijado por el trabajo bruto. Le cobré los dos jornales al chacarero, que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué á Belén, que estaba cerquita, á buscar otro acomodo más conveniente, y ahí fué donde empezó el baile... ó donde siguió, porque ya hacía rato que había principiado...

No hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado ver á los porteños. Válgale á la suerte que juega con el hombre como el viento con la paja voladora.

III

Una mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste, matando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse á conversarle al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo, del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula...

—¿Para dónde va ese camino?—le pregunté entre otras cosas al pulpero, mostrándole con la zurda—en la otra tenía el vaso,—una huella que agarraba para el sur.

—Á Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va á dar á la misma estación del ferrocarril del Pago...

Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas á pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna carreta ó algún carro que me llevara.