—No, amigo, me contestó:—esas huellas son de las tropas que pasaban antes con lana para Buenos Aires, pero desde hace un año ya no andan, porque todo se lo lleva el tren.
—¡Caramba, amigo, qué lástima!
—¿Para dónde va ese camino?—le pregunté.
—¡Mire qué casualidad!—siguió el pulpero al ratito.—¡No me acordaba, hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va á venir la jardinera del almacén del pueblo que trae surtido para todas las esquinas del camino al Pago, y para mi casa también.
—¿Y de ahí?
—El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.
—¡Oh!, ¿y cómo no? Lo voy á esperar no más, porque de veras que tengo muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?