—Pero, señor comisario...—principié.

—¡Calláte y pelá! Tenés que pagar á todo el mundo.

Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...

Carolina me miraba con los ojos saltones y de veras que la cosa no era para menos.

—¡Mi alma! ¡te debo la vida!—le dije.

—¡Sí, sí!—contestó medio llorando.—¡Pero no cugués, no cugués más, por Dios!

—¡Sí, perdé cuidau!

Y me puse á despachar copas y á chupar yo también, para olvidarme de tanta pena, y ¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y empecé á las convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte!

—¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!