La gringa estaba encerrada en su cuarto, no me quería abrir ni á cañón, y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada. Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó que me ablandé, y le prometí que aquélla era la última vez, y le dije que me iba á poner á trabajar de veras, como un burro si era necesario, para desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver á pensar en jugar, ni en gallos, ni en carreras.

—¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida?—le dije—porque si no sos vos, ¡Contreras me achuraba!...

Pero el hombre propone y Dios dispone...

¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre, caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones,—de las que no había desembuchado por lo menos—para dar satisfacción á lo que le tiraba más.

Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse á tiempo, ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana á lo mosca muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no!

Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en los duelos, á vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen, no parece tan malo y nadie les saca el cuero...

En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir cómo le va!—El caso es, que el droguis y la jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo, y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo me aprovechaba como á una criatura! Así se fué, detrás de la platita guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa,—¿querrán creer?—hasta me arañó la cara, que anduve una punta de días medio cebruno...

—¡Mirá, gringa!—le grité—¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos pensado, ya verás!...

Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería... y ¡como un poste!