—¡Mirá, Carolina!—le dije sin soltar el cuchillo.—Yo ahora mismo me mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!
Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome.
—¡Qué! ¿Te pensás ir?, ¡Madona, después de haberme dejado desnuda y en la calle, canalla, sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, per Dio! sos mi marido, y tenés que quedarte aquí, á trabacar como yo, porca la...
Yo me reía á carcajadas.
—¿Y quién te ha dicho que soy tu marido?—le dije—¡Pues no hay tal! No sos más que mi querida.
—¡Mentís, canalla!
—¿Que es mentira? ¡Sí! andá preguntaseló al cura y verás...
—El cura Papagna...
—¡Qué! tu nápolis se ha ido hace un mes á mangiar macaroni en tu tierra... Andá, preguntaseló al nuevo, si hay apunte de tu casamiento en la iglesia...
Me miraba con tamaña boca abierta, sin querer creer lo que le decía... De repente, le pareció que debía ser cierto... Asustada, desesperada, loca, salió corriendo. Vi que se largaba á pie camino del Pago, en cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría á averiguar...