Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:
—¿Quiere decir que porque á un miércoles se le ocurre robarse la plata de la municipalidad, á mí me puede decir que debo estar en la cárcel de Sierra Chica ese canalla de Viera?...
—No lo dice, lo da á entender,—repuso tranquilamente Ferreiro.
El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso, gruñendo entre dientes:
—Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá! ¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!
Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento caliente como si saliera de un horno, barrían las calles calcinadas por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor á paja quemada. El bochorno aumentaba por minutos.
Avanzando la tarde el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que forma montones de arena en las aceras y los pasea triunfante de un lado á otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; quería achicharrarlo todo.
Cuando obscureció completamente, se notaron en el cielo de azul profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, semejantes—menos en el tono—á la claridad difusa que por la noche y desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el cielo sin una nube...
Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los grandes desastres como se verá cuando se lea «El diablo en Pago Chico».
La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política de ésas que concluyen á garrotazo limpio; y como el señor intendente había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle» según declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el inspector del riego.