Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también vendían carbón, leña, maíz y afrecho...
...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulo á relatar y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, preñada de hechos transcendentales, rica en filosófica enseñanza, espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar de patriotismo...
—¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto!—agregaría Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores de Pago Chico.
LIBERTAD DE IMPRENTA
Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política enardecía los ánimos y La Pampa y El Justiciero se dirigían los cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros para retener el gobierno de la comuna. La Pampa no dejó de aprovechar el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente mismo. Un parrafito:
«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene á demostrar cómo la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno que es la cueva de Alí Babá, va á ser esquilmada hasta el último peso por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y sí puramente hombres sin honor ni vergüenza.»
Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en intenciones, enfureció á don Domingo de tal modo, que se fué como un cohete á consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor en las grandes emergencias. Quería acusar la publicación. Ferreiro, sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oir ligeros ¡hum! ¡hum! intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:
—No es acusable.