La Pampa atacó el mal en varios artículos violentos contra los calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande», epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por este párrafo, glosa de la frase silvestrina:

«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio y reclusión de mujeres perdidas.»

El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el ferrocarril, pues entonces comenzaron á establecerse «barracas» para el acopio de frutos del país,—lana, cueros, etc. Estos establecimientos fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando á efectuar ciertas operaciones bancarias,—depósitos en cuenta corriente y á plazo fijo, descuentos, giros—que antes hacían difícilmente las principales casas de comercio.

Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, ferretería, pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras especialidades.

Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña,—casas entre las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la

Sapateria e Spacio di bevida
di Romolo e Remo
di Giuseppe Cardinali

Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes que París, ó al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva.

La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.

Á la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Chico el floreciente molino y fidedería de Guerrini, construcción chata y mezquina emplazada á orillas del arroyo presuntuosamente llamado Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero característica.—Había que agregar también, fuera de los hornos de ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios sin embargo, debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los ranchos de las afueras hacían primorosos maneadores, lazos, bozales, maneas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos «paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba á veces más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse á vender arreos ordinarios, pero cobrándolos á peso de oro se vengaba del arte purísimo que convertía los «tientos», el simple cuero sobado, en bridas moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes, sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban tres y más veces el valor de la materia prima. Y, á la larga, Tortorano venció: hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó sin trabajo á los trenzadores que debieron levantar campamento para no morirse de hambre.

Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto á olor de ratón», que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».