Ya lo veremos en la acción. Entre tanto pasemos á otra cosa, para dar una idea general de aquel pueblo privilegiado.
Las reuniones más chic y mejor concurridas eran las que Gancedo celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad que pudiera llevarlo á la diputación,—sin darse cuenta de que en Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y solapado.
Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos. Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de viajeros en una parada del camino.
Terminada la comida y apuradas las últimas botellas de buen vino de postre, comenzaba á llegar el resto de los invitados, las niñas con sus mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían hasta muy cerca del amanecer.
Las demás reuniones eran muy parciales y escasas, excepto las masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine,—los dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas, quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.
Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas solemnidades.
Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí á las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas á su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con toda la paciencia que se le atribuye aun, pese á las protestas, clamores y vociferaciones que llenan su libro del viejo testamento. Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura, y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre decente ni mujer honrada.
—Si uno fuera á creer tanta inmundicia—decía Silvestre,—tendría vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.
Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia de la difamación...