El primer síntoma de guerra fué una disputa ocurrida en el Club del Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de paz don Pedro Machado, á raíz de un envite en que el juez cantó treinta y dos y se fué á baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido mejor, porque la venganza de Machado, á quien el intendente llamara «tramposo» con todas sus letras, fué terrible: fundó un periódico, El Justiciero, para atacar á su enemigo y sacarle los cueritos al sol. «Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan á la luz... ya se adivina el resto!

Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese «overo» al intendente, sin asco y sin lástima.

El Justiciero debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos. Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el deus ex machina pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los príncipes cristianos.

—Mire, don Pedro—declaró al belicoso juez de paz;—esto va á ser como pelea de comadres de barrio: «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto pueda decirle á Luna, él se lo puede repetir á usté, porque todos hemos hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón: los pies fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo no más. Sino, vamos á tener que enojarnos con usté, se va á enojar el gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él serán la risa de todo el mundo.

Como don Pedro no cediera á las primeras de cambio, Ferreiro se entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas en el desempeño de su cargo...

—¡Piór ha hecho él!—gritaba Machado, como lo pronosticara el escribano, que le tapó la boca con esto:

—Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un campo sin título de propiedad, ni de seis ó siete lotes urbanos, que la Intendencia puede reivindicar de un momento á otro...

El Justiciero no reapareció hasta meses más tarde, cuando La Pampa de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños del pueblo».

Este Viera, hijo de Pago Chico,—joven de veintidós años que había vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias á su pequeña fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y comités,—era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración y más escasa experiencia, á quien el surgimiento de la Unión Cívica infundió ideas redentoras. Á raíz de aquel vasto movimiento de opinión volvió al Pago resuelto á reformar el mundo, y para hacerlo compró también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó La Pampa, dispuesto á sostenerla con la otra mitad.