—¿Y á mí qué?

—Que la Municipalidad se lo concedía á usted por una bicoca... ¡Un regalito de tres á cuatro mil pesos al año!...

Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, en seguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la mano trémula de emoción y avaricia:

—¿Y eso no se podría arreglar?—preguntó.

Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dió vuelta el poncho. Los parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro hombre, desollado y todo, siguió tan campante, enriqueciéndose y figurando cada vez más...

Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, dejar de convertirse en centros de difamación, y lo fueron con tal eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en varios bandos que se odiaban á muerte, y cuya lucha iba á dar origen á una oposición organizada.

Entre estos bandos destacábase el de D. Ignacio Peña (don Inacio allí) y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal, doctor Carbonero, habilitó á un italiano para que abriese otra farmacia contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos de la municipalidad para el hospital, y los de la comisaría para su botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de policía y director del hospital.

Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores á todo trance.

Añádase á esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para algunos llegaba á extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya para convertirse en teatro de una lucha homérica.