Mas, cuando los indios quedaron reducidos á su mínima expresión,—«civilizados á balazos»,—la comarca comenzó á poblarse de «puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida incipiente y vigorosa.

Cuando ese núcleo adquirió cierta importancia, el gobierno provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, á punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral que oponer á los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente á frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.

Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle los legisladores á su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.

La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los inconmovibles bourgs pourris, baluartes en que se estrellaba todo conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez en cuando gruesas sumas destinadas á obras públicas y de fomento, que las mismas autoridades se repartían en santa paz, cubriendo las apariencias con algún conato de construcción, v. g. la del puente sobre el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, ó la mejora de los caminos, las acequias ó los mataderos...

Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún desdeñado ó perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia ó los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora simples especies calumniosas y envenenadas.

El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate para que yo me ponga», de manera que la oposición no salía nunca de su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la tolerancia.

Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión que pidiera á la Municipalidad, proclamó urbi et orbe que iba á revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando á la prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición circunstanciada de las defraudaciones, á la que agregó cálculos de precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros vecinos espectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el factum ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine, agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó el pueblo pronto ya á la revolución y el sacrificio...

—Vd. es un sonso, amigo Bermúdez,—le dijo en esta emergencia el escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.

—¿Por qué?—preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.

—Porque ha obligado al intendente á romper el contrato por diez años del peaje del puente.