Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de La Pampa hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de Gancedo—en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas de sauce y yedra—iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no era posible faltar. Se dió una tarea espantosa para llenar el diario, y á las ocho y media salió para ir á mudarse ropa: estaba de tinta de imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.

Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar el castigo de su insultador.

—¡Hum!—se dijo el periodista—¡esto es algo!

Apenas le vieron, los vigilantes—las sombras—se echaron sobre él, blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado por la escena que iba á desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le reconoció, y haciendo una gambeta á los presuntos apaleadores, cruzó la calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente, le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá, canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troncoso, que comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó á la calle, y amparándose en la sombra, se fué á su casa...

Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las habitaciones, dando á Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, incauto, había ido á mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro, y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato á la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro Machado, había prometido firmar al día siguiente—antedatada, como es natural—una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer ulterioridades, y se haría justicia.

Gracias á esta rapidez de procedimiento—excepcional en Pago Chico—el comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo para no salpicar los zapatos de charol.

—¡Marche!

—¡Pero hombre, no he de ir desnudo!

—¡Marche, canalla!

Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas zapatillas, y en camiseta lo llevaron á empellones, por el medio de la calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.