Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el contrario, los cívicos padres de niños ó de niñas, permitieron gustosos que concurrieran á las escuelas, el Te Deum y hasta la Municipalidad. Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en una chacra de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la política fué generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo á pasar un buen rato, á reir, á cantar, á bromear, pero no á calentarse los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos sofocones.—Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo, el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz regocijada de la naturaleza despertábales el apetito y el buen humor.
El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de carne, bien á punto, más sabrosos para los catadores que el faisán trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de cáscara realmente carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo tesoro culinario criollo, cuyo solo recuerdo hace agua la boca á cualquier hijo del país. El moreno había estado «á la altura de sus antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados. Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto, hasta acabar todos gritando:
—¡Te has lucido, Urquiza!
El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia á quien sirvieran sus padres ó sus abuelos, no tuvo otra cosa que contestar que un clamoroso:
—¡Viva la patria!
El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó á bajar el sol, y los comensales, unos á caballo, otros en americana, algunos en tílbury, comenzaron á volverse á las casas,—como decían indicando el pueblo,—después de haber solemnizado con el estómago—como en la más refinada civilización,—el magno aniversario de la declaración de nuestra independencia.
Pero volvamos á los concurrentes de los salones municipales en el punto en que los dejamos, es decir á la salida de los niños.
Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores, con un ímpetu arrollador.
En un momento quedó el tendal de cadaveres, la mesa limpia de vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes sentidísimas palabras:
«Señogas y señogues: