Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado con la elocuencia de Pérez y Cueto, muy romántico, muy año 10, murmuró aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas:

—Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros y nos acariciaran desde allá arriba.

Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la lea sin reirse. Como cierre del capítulo se necesita otra cosa... otra cosa... Pero, si no se halla nada mejor, no lo cerraremos y en paz...


POESÍA

¡Poesía eres tú!
Bécquer

La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos. Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una noche de ensueño, de ésas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el alma, sobreexitar los sentidos, encender la imaginación.

Y los peones de la estancia, tendidos en el pasto al amor de las estrellas, iluminados á veces por una ráfaga roja que relampagueaba de la cocina, fumaban y charlaban á media voz, con palabra perezosa, inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.

Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fué el obligado punto de arranque de la conversación.