Juan, el resero nuevo, interpeló á su antecesor y maestro, aquel fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre dolorido:

—¿Y usté qué dice, don Braulio?

—¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!

—¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus dolamas y pita que te pita!

—Y qu'h'e hacer ni en qué m'h'e divertir, á mi edá y con mis achaques... Juntamente andaba pensando si lo dejarán pitar á uno después que cante p'al carnero...

Una risita de Pancho, y su contestación:

—¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada'e jueguitos que s'encienden y si apagan en el campo?... Ésos son los cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas ó los teros, dando güeltas y fumando...

—¡No digas!—exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.

—¡Si son linternas!—explicó don Marto, magistral.

—Luciérnegas querrá decir, don...—siguió Pancho, impertérrito.—Parecen bichitos, es verda; pero son los cigarros de las ánimas pitadoras.