—¿Qué pensás hacer?

—No te quiero decir... Luego... Mañana.

Y se fué.

Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión ó de esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba, crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre lo enajenaron, entregándolo á una especie de pasajera megalomanía: era evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación, comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más ámplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que con menos sacrificio se arribaría á mucho mayor efecto si no se aguardaba cada vez, para echarle una manito, á que el carro estuviera encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al pueblo...

Fué á ver á la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de aprecio—gloriosas decía él—embriagaban su juventud, para hablar también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el fantasma de la miseria... Después, vuelto á su casa, aquella noche se durmió sonriendo á sus nuevos y quebradizos juguetes.

Cuando, á medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia. Viera lo miró sorprendido.

—¿Qué tenés?—exclamó.

Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, presentólo por el cabo al periodista y

—¡Tomá, matáme!—murmuró con voz reconcentrada.

—¿Qué tenés? ¿estás loco?