—¡Tomá, matáme, te digo! ¡Soy un canalla y un flojo, porque ya me debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matáme por favor!
Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que obedecía al propósito de salvar para siempre á su amigo. La noche antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de honor.»
El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreirse y decir filosóficamente:
—¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que... hay que desconfiarles mucho á esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar, y... ¡basta!
Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.
—¿Conque sabías?—acertó á balbucir.—¡Y me perdonás, hermano, todo el mal que t'hecho!...
Y reaccionando de pronto, rompió á llorar con grandes sollozos convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las rodillas trémulas.
...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa, tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor suyo, que perdonó á su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto aboga por él, porque es excepcional. Viera dió por recibida la suma con grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dió incremento á sus apuros.
—¿Dónde tira la plata ese loco?—se preguntaban haciéndose cruces los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable atolladero.