Pero como Silvestre no se apresuraba á explicarlo ni Viera había de hacerlo...


El lector querrá saber cómo justificamos la visible contradicción que se nota leyendo esta crónica, primero en las dos opuestas actitudes del pueblo pagochiquense, y después en los actos de Silvestre, censor implacable de lo malo y luego capaz de todo, hasta de un abuso de confianza. Pues muy sencillamente: no la justificamos porque no necesita justificación. Si la necesitara, diríamos en cuanto á lo primero que se trata de esos distintos estados de alma, del alma popular, que permiten y aun crean las fluctuaciones de opinión y acción observables que toda colectividad, y en cuanto á lo seguido que Silvestre, culpable, seguía siendo puro como lo creía Viera, pues si antes se dijo que el más justo peca siete veces, hoy puede afirmarse que el más sensato lleva un loco adentro.

Sólo que Silvestre (aquí inter nos) no era el más sensato...


EL DIABLO EN PAGO CHICO

Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han conocido, tenía en ese tiempo su rancho á algunas leguas de Pago Chico, sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua dirección, é iba lento, pobre y turbio, á echarse en el indigente caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó á río ni aun con aquel refuerzo, sino en época de grandes crecidas é inundaciones. Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos hijos Pancho y Joaquín, hombres ya, su hija Isabel, morenita feucha pero inteligente y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres habituales de la estanzuela.

Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de ovejas para el consumo, pues no era aficionado á esa clase de crianza.

El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que, voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil, aunque le sobrara campo llano en que correr y aunque no le importara un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos terrenos tendrían muy distinta configuración...