Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto, completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba reseca y triste, amarilla tirando á gris, alfombra polvorienta en que, como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un inmenso manto raído.

Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero en él flotaban grandes é invisibles masas de vapores dilatados por el calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera de dónde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.

No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos por el bochorno abrumador, todos durmieran en el «puesto» de Viacaba; los hombres bajo el alero que daba al este, ya sin sol, y las mujeres en el interior del rancho, cuya obscuridad ofrecía una momentánea sensación de frescura.

El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días á esas horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que los animales comenzaban á desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable epidemia... Los hombres dormidos respiraban sofocadamente, y gruesas gotas de sudor les brotaban de los poros, bruscas y cristalinas, para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos, hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes, pertinaces á pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo frente á la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un momento antes, echados á la sombra y con la lengua afuera imitaban jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.

Matilde, un peón santiagueño, enorme y mal encarado, á quien aquel nombre de mujer sentaba «como á un Cristo un par de pistolas,» se incorporó refunfuñando, levantóse perezosamente, y con paso tardo, á pesar del sol que rajaba la tierra, se encaminó á ver quién era el importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y sacudía cabeza, orejas y cola, espantando la nube de moscas que se le había echado encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó para informar á Viacaba.

—Es un «franchute» que píd'i'agua—dijo.—¿Le doy?

—¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí á la sombrita.

Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado, y Panchita é Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.

—Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio. Después tomará un matecito, si gusta... Y ¿cómo anda, amigo, con este solazo, que ni las víboras salen de las cuevas?

El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» á la madrugada siguiente.