Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo, como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza.
Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de la sombra dejóse estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y murmurando cumplidos á la amable «señoguita» y á la respetable «señoga».
Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje á que no estaba acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate á la joven. Ésta, al pasar para la cocina, con gran fragor de enaguas almidonadas, significó á Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la disgustaba, también á ella, el extranjero. La señora lo examinaba á hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada conversación.
Más de una hora duró la visita. Matilde dió, entretanto, de beber al tordillo, y le apretó la cincha, como si con ello apurara el momento de la separación.
Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca, lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan bajos, que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo...
—La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía—exclamó Viacaba con cierta satisfacción.
Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo que en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el viento arrancaba de la tierra desnuda de vegetación.
—¡Las polvaderas!—murmuró con acento medroso—¡Por lo visto, ya principian!...
Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible calamidad, no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara por allí sembrando el estrago y la devastación, dejando la inmensa pampa despoblada de animales y como muerta y enterrada ella misma bajo cenicienta y móvil capa de polvo...